viernes, 22 de mayo de 2015




Novela de fantasy Saga de los Portales Mágicos
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Fragmento: “Los colores lucen más brillante gracias al gris plomizo del cielo. Adoro cuando el sol se oculta dando paso a esos grises nubarrones, pero por sobre todo creo que no hay mejor lugar donde pasar una tarde lluviosa que en un pub. La cálida madera del interior te hace olvidar que afuera la gente corre a refugiarse bajo los aleros, que la lluvia pegajosa se adhiere a la piel… Allí, amparada por las acogedoras paredes de madera en donde los sonidos son apagados, el mundo parece detenerse por un momento. Todo se reduce a una intimidad llena de aromas dulces y tenues luces provenientes de algún mundo mágico, como pasar una tarde en una taberna medieval. El pensamiento invade mi mente con palpable realidad, imagino aquel mundo, ese que visito cada noche. Un ambiente arquitectónicamente apropiado del medioevo, gente sencilla, sin demasiadas aspiraciones, viviendo con elfos, seres de la naturaleza que protegen sus bosques. El mundo mágico al que acudo cuando el desasosiego de la vida cotidiana me satura.”
©denisemorzilli ~ erelen.tumblr.com

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DOS VIDAS PARA DEBORAH MOLINO
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domingo, 19 de abril de 2015






Me tengo que ir, razones hay millones, ninguna tan buena para molestarse. El tren llega en media hora, la nieve cae sobre el andén, cubriendo las hojas que el otoño despidió. Trato de convencerme: cuando tome el tren todo será mejor, este me llevara al destino indicado, que no sé cual es pero será el correcto. Llevo en mi bolso muy poca ropa, mis vestidos preferidos, un par de libros, esos que leí diez veces y que leeré diez veces más, llevarme los libros nuevos no tiene sentido porque aún no sé si me gustan o no, estos sé que no me fallaran.
Ya no tengo esperanzas pero sigo mirando cada tanto para saber si decide venir a buscarme o a despedirme, quién sabe. Escucho pasos y temo darme vuelta, que este sea el fin que tanto temo. Cuando finalmente lo hago me encuentro con una señora mayor con un ridículo sombrero lleno de plumas verdes que me mira algo enfadada. Hago un movimiento con la cabeza, lo que creo que es una señal universal de saludo, ella no responde, suspira y muy oronda camina hacia los bancos del andén. La nieve comienza a caer en pequeños copos que apenas siento pero son un alivio para mi rostro afiebrado de tanto llorar.
Otros pasos se acercan, una familia por lo visto, dos niñas de no más de cinco años se adelantan y corren a mí alrededor, gritan felices por la nieve. Decido alejarme unos pasos del barullo y vuelvo a mirar el sendero, donde el lecho de hojas rojizas se está tornando blanco. Un hombre camina, lleva un piloto negro y un maletín, a lo lejos me parece que es él, observo expectante, busco un parecido en la forma de caminar aunque ya sé que no es, ya no vendrá. El hombre se acerca a mí y sonríe, me pregunta sobre el tren, a qué hora pasa. Lo observo con detenimiento, es bellísimo, con unos labios redondeados, la piel blanca, pero sus cejas desentonan, son muy gruesas y oscuras. Le respondo y me alejo, harta de esperar en el andén y algo asustada de que el hombre quiera continuar con la charla banal.
Camino ida y vuelta por el sendero, sin importarme la mirada ansiosa del hombre, la curiosidad con la que me miran las criaturas o el gesto de disgusto y superioridad de la anciana que lleva en la cabeza por adorno un loro. Desisto, me paro en seco y empiezo a llorar. Los copos de nieve son más grandes ahora, no me importa, tengo una especie de rabieta donde me tiro al suelo, siento las hojas mojadas bajo mis rodillas pero no me importa. Me tapo la cara, la oscuridad que crean mis manos apretadas contra mis ojos me tranquiliza. No quiero tomarme el tren. No quiero ir. Estoy paralizada. Alguien se acerca, el hombre del andén probablemente, se arrodilla junto a mí y trata de separar mis manos de mis ojos, no quiero ver, al final después de mucho esfuerzo y palabras susurradas lo logra, yo sigo sin abrir los ojos, no quiero ver el mundo que me rodea por un par de minutos, me he aprendido este camino de memoria. Me sorprende que unos labios cálidos me besen, las mejillas, los ojos y finalmente…. Abro los ojos alterada porque ese desconocido haya despertado cosas en mí que hace tiempo no sentía. Me asombra ver que no es el hombre del andén.
No me tengo que ir, volvemos a casa en silencio, sin decir nada, como dos extraños que comparten un gran secreto.

©denisemorzilli
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jueves, 16 de abril de 2015







Capítulo 23 MEDANIA

El hombre que se le apareció a Victoria aquella tarde que viajaban hacía Medania con sus padres era alto, vestía enteramente de negro, una camisa con mangas amplias y un chaleco bordado. También tenía una galera, parecida a los que usaban los sacerdotes vudú, adornaba su cabeza de cabellos oscuros. La piel estaba algo curtida por el sol y su sonrisa torcida dejaba ver una hilera de dientes blancos y perfectamente alineados.
Habían parado en una estación de servicio. Victoria usaba ortodoncia y los brackets le habían sacado llagas en las encías, que le ardían doloridas. Hacia un calor sofocante, vestía un short verde y una remera color azul con la cara del ratón de Disney. Su madre se había quedado en el auto abanicándose, quejándose de la inútil parada que solo los retrasaría. El padre de Vic había ido al baño y ella iba a comprar alguna bebida fresca para calmar el ardor de las lastimaduras.
Se cruzo al hombre en la puerta del minimercado de la estación, que se la abrió gentil y la dejo pasar primero. Victoria no sintió curiosidad, se lanzo hacía las heladeras entusiasmada, donde una gaseosa de lima limón casi congelada la esperaba. El humo frío que choco contra su rostro cuando abrió la heladera la asombro, no esperaba un alivio tan espontaneo. Medio riendo se dirigió hacía la caja donde una apática empleada la miraba con ojitos negros llenos de intolerancia. Como si le molestaran las risas de nenas de doce años. Le cobro la gaseosa cuatros pesos mas cara de lo que salía en un kiosco de barrio. Victoria pago sin rechistar y camino hacía la puerta. El hombre de negro seguía parado allí, observándola atento. Retrocedió dos pasos buscando otra puerta pero no la había. Abrió los ojos inmensos implorando la ayuda de la empleada antipática.
—Señorita, el hombre junto a la puerta… —susurro bajito para que el extraño sujeto no la oyera.
La empleada se giro alterada, percibiendo el terror en la voz de la chica.
—¿Qué hombre? —preguntó disgustada y suspiro sin prestarle mas atención a Vic. El tipo de la galera sonrió sarcástico, abrió la puerta y salió. Victoria corrió hacia el auto con el corazón en la boca. Dio un portazo que altero a su madre que se peinaba.
—¡Siempre igual de bruta esta chica, Sixto! ¡Cuidado con la puerta que no es giratoria, Victoria! —se quejó Verónica— ¿Nos vamos?
Sixto Vicente Molino no pronuncio palabra, dio marcha al auto y se alejo de la estación de servicio blanco como un papel. Victoria apretó con fuerza la botella helada muda del shock. Quince minutos más tarde Verónica dormitaba. Sixto detuvo el auto en la cuneta y se dio vuelta para hablar con su hija. Los dos seguían cenicientos y con las pupilas de los ojos dilatadas por el susto.
—¿Vos también viste al Zupay? —Victoria lo miro confundida—. El diablo, Vic. Detectó algo muy poderoso en vos.
Después de ese viaje Victoria nunca olvidaría al hombre de la galera. El Zupay, como lo había llamado su padre.

©denisemorzilli
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