jueves, 7 de agosto de 2014

El Guerrero

El niño tomó la espada entre sus manos sin temblar. Esperaba este momento desde hacía tiempo, quizás desde que su padre partió a la batalla por primera vez. Momentos antes se había puesto la cota de malla que habían entretejido juntos, su madre lo había ayudado a calzarse las botas sin hacer preguntas.
El niño guardaba esas prendas desde que tenía cinco años, le había pedido a su padre que le fabricara un atuendo similar al que él mismo usaba. El chaleco de cuero, las botas de gamuza y los cinturones habían sido seleccionados con esmero. Un herrero había fabricado una espada de tamaño especial para Gunnar y finalmente habían estado un par de meses haciendo la cota de malla. La armadura y el atuendo le quedaban holgados pero su padre dijo que era mejor dejarlo así, que cuando cumpliera once años le quedaría perfecto, y ya tendría edad para luchar junto a los adultos.
Ahora tenía nueve años pero todo parecía hecho a su medida exacta, no sobraban pliegues y las costuras permanecían intactas, esto no le extraño a Gunnar, pues las manos fuertes de su padre las habían confeccionado con atención.
Caminó en silencio por la aldea, con el ruido de las armas entrechocando en un canto impar, la gente lo veía pasar apenada. Los ancianos lo saludaban con una inclinación de cabeza, en señal de consideración, las mujeres lo miraban con los ojos llenos de lágrimas y los niños asombrados observaban su vestimenta, ninguno de ellos poseía tales galanterías de adulto.
Cuando llegó a la costa, el mar embravecido lo recibió con un rugido de descontento y el cielo anunciaba tormentas lejanas, que prometían nuevos aires. El anciano de la aldea acomodaba la balsa de madera a la que pronto prenderían fuego y viajaría hacia el horizonte por el furioso mar ávido. El cuerpo de su padre descansaba sobre la misma, sus ojos cerrados soñaban mundos que Gunnar desconocía. Mundos que sólo podían alcanzar las almas de los guerreros más puros.
Ni una lágrima resbaló por su mejilla, cuando el fuego empezó a chispear y los hombres se internaron en la orilla con la balsa. Su madre, un poco alejada de la multitud, no lloraba tampoco, miraba la escena con suma resignación. Nadie se les acercó.
Ya no le interesaba ver como la balsa se internaba en el mar, se alejó caminando hacia donde los árboles crecían frondosos. Los recibieron los pájaros con sus suaves gorjeos. La espada pesaba demasiado, la tocó admirando el grabado en el filo, varias hojas se entrelazaban, formando un bosque, un río y más allá… todo un paraíso que ahora ya no se le figuraba tan ajeno ni lejano.
Los recuerdos de la primera vez que tomó la espada acudieron como un sueño que no fuera propio. Ahora sus cabellos rojos se crispaban sobre su semblante dándole un aire diabólico, la sonrisa en su rostro no se reflejaba en sus ojos mientras con infinita furia descargaba el peso de su espada contra su atacante. En un minuto vio fluir ríos de agua, arrastrados por la fuerte tormenta que limpiaba el terreno sangriento. No vio su sangre, sólo sintió un cálido correr por su pierna, pensó que el agua purificaba sus errores. Y que, aunque hoy, un niño en algún lugar perdiera una parte de su familia, él había luchado por lo que creía justo. Un pedazo más de tierra, una eternidad fijada en un segundo de gloria.
Cayó su contrincante a su lado. De sus labios brotó una disculpa, una palabra de bienvenida.
“Lo siento padre, esta vez te fallé”.
La espada se hundió en el suelo fangoso mientras los gritos de triunfo resonaban alrededor.
“Hemos ganado, hemos llegado a nuestro destino final… Valhalla”.

©denisemorzilli

miércoles, 9 de julio de 2014

Dos vidas para Deborah Molino (Capítulo 15)

Cuando dos mundos te llaman, en un determinado momento, tenés que dejar de escuchar a uno. No se puede vivir en dos realidades.
Cuando me perdí en el bosque Debrah fue consciente de ello. Cuando la realidad colapso, me sumergí en los sueños que habían estado viviendo en mi cabeza cada noche y todo termino. No volví a soñar desde entonces. Miguel me contó que los Ahsis son seres que no sueñan. Ahora entiendo que puede llegar a ser agotador. Mis sueños sobre las praderas empezaron con mis pesadillas. Existieron estos seres, aun existen en algún plano. Le pregunto a Miguel como es que pueden viajar pero no quiere contestarme, dice que no piense más en esas cosas. Que son como los fantasmas, cuando no pensas en ellos no se manifiestan. No te atosigan con sus pensamientos o lamentos. En cambio si los invocas…
(Invocar)
La palabra resuena en mi cabeza. Me acuerdo de las hojas dispersas, escritas con lapicera azul y letra desprolija que me dio Luis ese día en el restaurante de estilo francés. Camino hacía el living, Miguel toma un té y lee un libro, me mira curioso pero enseguida vuelve a concentrarse en la historia. Encuentro los papeles donde los escondí. En una enciclopedia vieja que nadie abre nunca. El olor a humedad llena mis fosas nasales con una espantosa realidad. Vuelvo a la pieza sin que mi comportamiento despierte la curiosidad de Miguel. Siempre estoy revolviendo libros viejos para releerlos. En la primera hoja se lee “Invocación” y esta subrayado con tinta roja.
Vuelvo a la cama, ansiosa empiezo a leer salteando las hojas, veo si tiene un final, palabras como vampiros, mutantes y viajes en el tiempo llamaban mi atención. El escrito de un loco, que puede tener las respuestas que estoy buscando, o un cuento de ciencia ficción muy bueno.
—Debrah —Miguel se apoya con una actitud desafiante en el marco de la puerta. ¿Me dijo Debrah? ¡Estoy casi segura! Siempre soy Debi para él, salvo cuando se enoja y me dice Deborah, pero me acaba de decir Debrah.
—Miguel —quiero que suene como una pregunta pero mi voz se apaga.
—No leas eso, por lo que más quieras. ¿Me amas?
—Te amo. No puedo vivir sin vos —mi respuesta es inmediata, no por eso menos sincera. Se acerca y me abraza y me besa, las hojas caen desparramadas por el piso. Una brisa cálida, que anuncia la primavera, entra por la ventana. Llena mis pulmones, la noche es clara y hermosa, siento que respiro después de décadas. Me sigue besando, interminable, sus ojos me miran con una dulzura infinita.
Ruidos. Parecen ratas, se arrastran, mastican, reptan, devoran, se alimentan. Él sigue tomándome firmemente por los hombros mientas me toca y me besa y me hace olvidar del mundo.
(Ratas)
Un segundo, es solo un segundo en el cual su cara adopta una expresión cruel. Quiero que me deje ir, que me suelte. Lo empujo. Vuelve a ser el mismo, su cara llena de inocencia, luz y deseo. De amor.
Me siento en la cama suspirando. Las hojas ya no están. No voy a buscarlas, ya sé que se las llevo.
—Vamos a ser felices por todo lo que dure nuestra eternidad —digo. Hundo mi cara en las suaves ondas de su cabello que huele a shampoo, a cosas que existen, a realidad—. No me interesa ese cuento de porquería, tenés razón. Te amo.
Cuando estas enamorada sentís que sos capaz de hacer un montón de cosas bellas. Todo tiene sentido, todo existe para nosotros. La luna que brilla afuera iluminando los árboles, los ruidos de la noche, la brisa. El cielo infinito.
(Alas)
—Esta es una historia de amor, no de locura —dice Miguel abrazándome fuerte.
—Fin —contesto yo.

Escrito ©denisemorzilli
Ilustración ©nicolássalio

viernes, 4 de julio de 2014

A los dos poetas



























Poeta loco, apasionado
por los males del mundo 
¿Poeta maldito?, bendito Poe. 
Flores del mal, que hiciste crecer 
Maravilloso Baudelaire 
voz de los que no callan.
Tu hiciste mar, tu tempestad 
Poetas hermosos, únicos. 
Algunos tuvieron la ignorancia 
de menospreciarlos.
Más por los dignos que los 
vieron crecer, yo los bendigo.

©denisemorzilli

viernes, 20 de junio de 2014

Luna de antaño



Ya la luna blanca brillaba de una triste belleza de antaño.
Asomaba lúgubremente a mi ventana, fría, distante, 
Clara y rara.
Miraba con su único ojo al universo
Y asomaba ya su luz de brillo penetrante
Inundando mi posada.
La mire entre las nubes borrosas que marcaban
Junto a ella, las estrellas su existencia.
Al mirar aquella extraña luz lunar
Recuerdos de otros tiempos no vividos por ningún mortal
De esta época, asomaban a mi memoria
Como recuerdos de un pasado tan lejano que yo
Jamás conocí.
Era otoño y sobre el monte la luna reflejaba
Sombras oscuras de árboles pelados, cuyas hojas
Rojas y doradas yacían sobre el suelo,
Como muertos de un pasado ya olvidado.
Y la sombra de esos árboles, daba lúgubre aspecto
Al paisaje y a mi alma...
Triste alma olvidada en un pasado ya de antaño
De existencia no verídica y de distantes sombras
Que alucinan en la cabeza de los nobles ancestros
En los cuales el pasado es un estigma en sus almas
Olvidadas.
Y la luna majestuosa,
Aquella luna que antaño fue testigo de un pasado
Ya lejano que la gente no recuerda
Y la luna desde arriba mira todo y lo recuerda.

©denisemorzilli

martes, 17 de junio de 2014

Dos vidas para Deborah Molino (Capítulo 14)



Lo recuerdo con una claridad tremenda, exactamente el 8 de agosto empezaron nuevamente los sueños, se sucedían uno tras otros, sin descanso. Me despertaba cansada, Miguel había escondido mis cuadernos así que comencé a llenar otro con letra desprolija. No quise decirle que había empezado a soñar de nuevo con Debrah porque quería terminar mi historia. Quería conocer el final, saber quien había sido en mi otra vida, o en esa vida que transcurría paralela a la mía.
Las palabras cotidianas no tenían sentido ni forma para mí. Cuando Saravina llamo para decirme que aquella noche nos íbamos a juntar con Santiago y Alex, no entendía casi nada. Sólo recuerdo palabras sueltas de la conversación, le dije que no me sentía muy bien, que me estaba por enfermar. La verdad que hacía tres días que no salía de casa. El cansancio no me dejaba concentrarme. Miguel pensaba que habían vuelto mis pesadillas y mi insomnio, así que tomaba las pastillas para dormir sin contradecirlo.
Horas antes que llegaran, la idea se materializo en mi cabeza. Tenía que ir al bosque. Me acorde de los niños y el duende. Tenía que ir a buscar a Debrah, solo allí habría de hallarla, solo así podría romper el espacio tiempo y llegar a ellos. Soñaba con encontrar a Nasmael. No era posible que hubiera desaparecido de mis sueños.
Cuando llegaron nuestros amigos pedimos algunos sándwiches de miga y nos sentamos a conversar. Me costaba mucho concentrarme, estoy segura que sonreía en los momentos equivocados y decía sí cuando debía quedarme callada. Nadie pareció darse por enterado, salvo Miguel que me miraba preocupado. Ellos hablaban y yo pensaba que debería irme aquella misma noche, ya eran tres días soñando con las praderas, él lo iba a notar. Me levante en la mitad de la conversación, se hizo un silencio sepulcral y todo me miraron con intriga.
—¿Estas bien, Debi? —preguntó Alex preocupado.
—Me olvide de llamar a un amigo, quería presentárselos…
Miguel negó con la cabeza y apoyo el dedo índice sobre sus labios redonditos como si me mandara a callar. No le preste atención y corrí hacía el teléfono a llamar a Luis.
En quince minutos llego a casa. Le presente a mis amigos y por primera vez en meses deje de sentir ese vértigo constante en el estomago, las nauseas, ese mareo con el que vivía. Estaba allí, con la ropa verde, las alpargatas bordadas y con su pelo y ojos de elfo, sentado junto a mis amigos y sus atuendos cotidianos. Miguel me mataba con la mirada pero decidí ignorarlo. Al final de la noche todos hablaban con Luis como si lo conocieran de toda la vida. Cuando todos se fueron me puse a limpiar. Miguel me miro negando con la cabeza.
—Te dije que no unas los mundos.
—Luis no es un elfo.
—No. Pero sabe demasiado.
Aquella misma noche cuando Miguel dormía profundamente me abrigue. Elegí con esmero mi atuendo, unas calzas negras y bien gruesas, un pulóver larguísimo de color marrón, y en mi cartera gigante, una botella de agua, papel y una lapicera. También puse en una bolsita algunos sándwiches de lechuga y tomate que habían sobrado. Saque a conciencia el celular y lo deje arriba de la mesita de luz. Con el gorro de lana, que yo misma había tejido, me enfrente a la cruel ventisca que soplaba afuera. El mundo se teñía de blanco, como en un sueño. Suspiré y me dirigí hacía el bosque y las montañas.
Estaba amaneciendo, agotada de caminar ya no creía poder hallar el camino. Me iba desprendiendo de mis afectos, aunque muy en mi interior clamaba por ser amada. Quería desprenderme de lo terrenal, pero estaba tan apegada a los sentimientos, pese a mi negación, que me sentía desfallecer de tristeza y a veces de emoción.
Sonreí al ver que un débil rayo de sol iluminaba a una liebre que saltaba desinteresada y olfateaba el aire con curiosidad.
Quería ser libre, como Sjorim. ¿Había sido libre en su maldad? ¿Había sido tan sabio como para no atarse a los tormentos terrenales? Creía que no, y eso fue la causa de su caída.
Me sentí tan débil de repente que caí en el suelo llorando. Los primeros rayos de sol iluminaron una lágrima confiriéndole un brillo reluciente, para evaporarse luego como si nunca hubiera estado ahí. Como si todo hubiera sido un sueño, una fantasía. Sentí que alguien la llamaba en tono lúgubre.
—Volvé Debi, te espero. Vos podes, volvé conmigo, Deborah.
¿En verdad crees amarme? ¿Hay alguien que en verdad me haya amado? Me refiero más allá de mi belleza o lo que represento en su imaginación. Me rio de mi desconfianza, de mi falta de autoestima o de mi gran soberbia, quizás. Y termino llorando desconsolada en un bosque solitario y frío.
El susurro del viento en los árboles, descanso y veo las noches pasar. Siento la lluvia, la nieve y el frío. Ya nada me afecta. Ansío ese instante, en que lo vea aparecer por el camino. ¿O será otro de mis delirios?
He soñado con un Ahsis de alas doradas, que me decía que todo iba a estar bien. Que la noche siempre estaría de mi lado y que las estrellas me acompañarían, porque mi nombre es el nombre de las estrellas… Y nunca más estaría sola.
Quisiera creerlo.
El Granjero
La vi, caminaba rauda en la fría tormenta. Cerraba sus hermosos ojos azules ante la inclemencia del tiempo y vi que apenas podía ver por donde caminaba. Pensé que nunca había visto un ser tan bello, sin embargo en sus rasgos se notaba el sufrimiento, como si ya no pudiera vivir nunca más entre los seres libres y felices.
La vi entrar en una cabaña donde el fuego crepitaba desde hacía días. Siempre pasaba por allí en mi camino a los campos y siempre veía aquel fuego crepitando, indiferente a que hiciera frío o calor. Pero nunca vi a la persona que habitaba aquel lugar. Una vez escuche un ruido en un árbol al pasar por allí, y algo que se movía, debió ser mi imaginación porque cuando volví a mirar no había nada.
Soy un simple hombre de campo, que no sabe nada de la tristeza que puede albergar un elfo en su corazón, pero reconocí su tristeza ni bien la vi. Y también el dolor que había en sus extraños y hermosos ojos azules, acompañado por una leve luz de esperanza.
Seguí mi camino, ese día había tenido una larga jornada de trabajo pero entonces escuche que abrían la puerta. Observe atento a la figura que la esperaba adentro. Era un hombre de cabellos plateados y sonrisa hermosa. Ella corrió a abrazarlo.
Sonriendo, sin saber muy bien por qué, llegue a mi casa. Mi mujer me esperaba con una sopa, y agradecí más que nunca estar vivo. Siempre llegaba muy triste a mi casa pero hoy estaba feliz. Mi mujer me sonrió a su vez, asombrada de mi cambio de ánimo.
No conozco a esa elfa de la cabaña, nunca la he visto, pero por la luz que vi en sus ojos, si la vuelvo a cruzar me gustaría decirle que hizo lo correcto. Fuera cual fuera su camino, ella hizo lo correcto. Pues… ¿Qué más importa en la vida qué ser feliz?
Y un Ahsis vino a buscarme. Un nombre olvidado salió de mi garanta dolorida antes que me tomara entre sus brazos, cuando vi sus alas doradas por primera vez. Después caí en la inconciencia y volví a soñar.
—Miguel.
Estaciones, mares, soles y lunas pasaron ante él, que me espero por meses y meses. Con una paciencia infinita, nunca perdió la esperanza. Me espero. Sabía que iba a ir y él estaría allí con los brazos abiertos. Sjorim, en su redención.
¿Sabrían ustedes juzgar sabiamente cuál es el camino de la luz y cuál el de las sombras? Esta historia habla sobre amor y dolor. Todos los sentimientos humanos, y no tan humanos, que invaden a cada ser sobre la tierra. Pero sobre todo habla sobre razas que pronto no existirán. No somos seres superiores, como se nos llama. Somos avaros, codiciosos, obsesivos y con tantas falencias, que es imposible describirnos. Aunque también somos justos, centrados, amorosos, comprensivos.
Thilaes dice que el futuro se puede leer en el cielo, en las estrellas. No lo sé, nunca me plantee esas cosas y poco importan. Cada acontecimiento que viví, bueno o malo, me hizo quién soy, por eso no cambiaría ni una de mis estrellas. No hay límites ni estrellas que me detengan con él a mi lado. Ahora puedo morir diciendo que hice lo que quise, lo que deseaba desde lo más profundo de mi corazón, lo que creí justo. Sea o no el camino correcto.
Ya verán que al final no éramos tan diferentes a ustedes, simples mortales. Algún día lo entenderán.
Deborah, sólo escúchanos, cuenta nuestra historia. Deborah…

Escrito ©denisemorzilli
Ilustración ©nicolássalio

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