lunes, 14 de abril de 2014

Parodia



El infierno le parecía un lugar más que apetecible al señor Edgar Allan Poe
Rodeado de las cosas que en vida había detestado y amado
Era reconocido por más de uno
Y solo era un mito que los asesinos, ladrones y otras calañas rondaban por allí
Reflejo de este mundo era el infierno
Una majestuosa ciudadela de poetas, pintores y otras ramas artísticas
Cuyo verdadero sentido del arte no había sido valorado en vida
Un reino lleno de cosas bellas, más que horribles
De cosas espantosas pero agradables
El infierno era el paraíso perfecto de Poe
Grata fue su alegría cuando le presentaron a un joven llamado Lovecraft
Pero se sintió muy apenado al hablarle este, durante media hora, de peces y pescados
Resulto ser un gran genio literario con una fijación muy aburrida
Poe comenzó a recitar El Cuervo y el sujeto se excusó enseguida desconsiderado
Dijo que esa noche tenía que asistir a una cena junto al Señor.

©denisemorzilli

domingo, 13 de abril de 2014

Corvus corax

Difícilmente me veas sin compañía, no suelo variar de territorio. Permanezco sereno, mis alas de noche se expanden para asustar a los enemigos. Me gustan los árboles frutales, el sabor dulzón de la podredumbre. Recuerdos ingrávidos acosan a veces mi memoria, evoco sonidos y palabras sueltas. Soy intrépido, rápido y memorioso. No hay movimiento que escape a mi atención. Siempre estoy un paso más delante que el viajero. Cualquier desatino me alerta. Me baño de luna, agua de mar. Soy vuelo, negrura, bosque.
(Relato interno de un Cuervo)

©denisemorzilli

viernes, 11 de abril de 2014

Naven

INTRODUCCIÓN
(Un ser integral conoce sin viajar, ve sin mirar y realiza sin hacer. #Lao-Tsé)
1
LAS GUERRAS
El felino de tamaño mediano lo acompañaba en su andar elástico. Zeia lo observaba cada tanto con una sonrisa benévola en el rostro. Hacía días que caminaban en un silencio armonioso, sólo interrumpido por el sonido del viento en la copa de los árboles.
Zeia avanzaba buscando los manantiales de agua pura, que iba cargando en cantimploras que guardaba en un viejo bolso verde, el mismo desentonaba con el color plateado de su traje ajustado al cuerpo, marcando sus pechos redondeados y los musculos fuertes de sus piernas largas. Las pocas personas que se cruzaban por el camino, la mayoría de ellos ladronzuelos que vagaban por los bosques, huían asombrados ante el atuendo y el casco con el que Zeia tapaba sus cabellos de un rubio grisáceo.
De lejos quizás lo confundían con un caballero con armadura, pero al acercarse y ver que su atuendo era de un material que nunca habían visto, se alarmaban sobremanera. Los ojos azules brillantes, tanto así que parecían fosforescentes en la oscuridad, tampoco parecían inspirarles confianza. Cada tanto tapaba su vestimenta con una capa de lanilla marrón, y ocultaba su rostro bajo la capucha de la misma. Eso en caso que necesitara “socializar” pero, por lo general, no le importaba que los vagabundos que andaban por el bosque se espantaran de su aspecto.
Estaba en este mundo para hacer comprender a los humanos que las Lassasis Naven, las Guerras Santas, no eran necesarias. Que solo conducían a la barbarie y a la muerte. Por años había intentado llenar de luz el corazón de varias especies del planeta Tierra, hasta el momento con poco éxito. Sólo en algunos casos, de almas muy perceptivas o animales, había logrado su cometido. Pero su filosofía era que una gota de agua en el mar, puede producir una ola, si encuentra los aliados perfectos.
Se sentó a descansar bajo un árbol florecido, no muy lejos el murmullo del agua corriendo entre las hojas llenaba sus sentidos. Ese líquido límpido que en su planeta escaseaba. Se recostó apoyando la cabeza sobre el pelaje rayado de Ámbar.
—Narae nilanium —suspiró. Disfrutando del verde del paisaje, imaginando los ríos de agua inagotable que corrían por esta extraordinaria pradera sin fin llamada Tierra. Narae nilanium, el líquido límpido en su idioma.
Siendo tan bueno con los cálculos, sabía que en este lugar tenía 1227 años terrenales. Parecían tantos, considerando que con sus 227 en su planeta era solo un joven. Pero había viajado mucho, y los años luz que lo separaban de su hogar le devolvían una realidad trágica. Vivía esta época de la humanidad con suma amargura, pues las Guerras Santas habían terminado hacía varios milenios en Nehyia. No extrañaba su lugar, allí no quedaba verde ni agua. Pero a veces anhelaba volver, como quién siente que perdió algo y tiene que volver a buscarlo. Lo que quedó allá era una parte de su alma, la parte infantil que lo llenaba de nostalgia.
En el mismo momento que el planeta Nehyia invadía sus pensamientos, crujieron unas ramas. Se puso de pie de un salto, preparado para huir, corriendo más rápido de lo que la vista humana era capaz de captar, así se había salvado de varias situaciones incomodas. Pero esta vez se quedó escuchando. Dos personas se aproximan conversando, una mujer de una belleza extraordinaria, que despertó su lado masculino, un lado que hacía tanto tiempo no sentía. Un vínculo.
“Una mujer de rasgos aniñados pero no muy joven. Sin embargo, su rostro es tan perfecto que no puede refrenar una sonrisa. Se acomoda detrás de su disfraz improvisado: su capa. Escondiendo el casco de metal que siempre lleva. Deja que sus cabellos ondeen con el viento. Con una orden le indica a Ámbar que se aleje unos pasos, algunos humanos se asustan al ver al buen animal.
Sólo doce pasos y los tendrá enfrente. Percibe maldad en el corazón del hombre, pero la bella mujer parece amarlo, una relación que los une desde la infancia, un parentesco que los humanos llaman amistad. Se adelanta, impaciente por el momento que los encuentre frente a frente. Toma un poco de agua. Sus manos tiemblan después de un milenio sin sentir una emoción tal. Aun no comprende el motivo hasta que ve a Zerephine frente a él…”
2
MERCURIO
El cristal estallo en mil pedazos. Sorprendida no movió ni un musculo de su rostro, pero sintió los diminutos cristales perforando su piel, la sangre cálida broto pero tampoco la impresionó, tan enajenada como estada pensando como eso era posible. Había caminado varios días por el bosque buscando el portal, hasta que se encontró con la superficie lisa que le devolvía el reflejo de los rayos de sol, proyectados en mil direcciones. Había perdido la noción del tiempo.
Las indicaciones de Mercurio eran las correctas. Había seguido el sendero señalado, pero jamás tuvo en cuenta que el portal podía ser un cristal, siempre había imaginado una puerta ensamblada en un árbol legendario. La realidad, como solía ocurrir, resulto ser otra, y ahora su oportunidad se había roto en mil pedazos que desgarraban su piel y se clavaban con un dolor que no sentía.
Con ganas de llorar dio un par de pasos para atrás, desalentada. Grata fue su sorpresa cuando tropezó con alguien que la sujeto, haciendo equilibrio para no caerse se tambaleo, echando la cabeza hacía atrás, para encontrarse con los ojos blancos y el cabello oscuro y más largo, de lo que recordaba, de Mercurio acariciando sus mejillas lastimadas.
—Zerephine, llegaste.
—¡No! Destroce la entrada, Mercurio —ella ahogo un suspiro—. Te pido disculpas, mi torpeza sigue siendo inagotable.
Mercurio rió, con una risa franca que resonó en el bosque como un manantial.
—Hay cosas que están hechas para ser destruidas, mi queridísima. La mayoría de las veces para lograr nuestros cometidos más anhelados, hay que avanzar sin importar las consecuencias.
Ella lo miro pensando en el tiempo, algo que pocas veces hacía. ¿Había pasado dos meses buscándolo o solo un año? Eso no importaba, parecían siglos. Se miró las manos que también estaban lastimadas y le parecieron las de una anciana.
—¿Tantos días han pasado?
—Sólo algunas semanas, Zerephine —él la miraba aun sonriente—. Ven, no temas…
Avanzó extendiéndole la mano, ella observo su brazo musculoso, surcado de venas y bronceado por el sol del benigno clima veraniego. Esquivo con cortos saltitos los vidrios esparcidos, poniendo mucho cuidado en no pisarlos, y se adentraron en un mundo más luminoso, donde unas flores rosadas parecían crecer por todo el campo.
Caminaron sin rumbo fijo, ella se agarraba fuerte a la mano cálida de él, mirando las nubes que flotaban sobre sus cabezas. Pensaba en los cuentos que su mamá le había contado de niña y suspiraba observando a Mercurio, tan bello y perfecto. Sin entender porque seguiría perdiendo el tiempo con una inmadura como ella, una pequeña mujer sin gracia de casi cincuenta años que solo aparentaba quince. La hija de una princesa y de un hombre caído de las estrellas. Una prófuga de un destino que se le había figurado impropio.
Para Mercurio los años no pasaban, permanecía suspendido en aquel mundo glorioso, solo perturbado por el cruel Raizel.
Mercurio sintió una presencia extraña, pensó en Raizel pero no, esta persona olía distinto, emanaba bondad y paz por todos sus poros. Así y todo detecto una amenaza, los esperaba ansioso. Una ansiedad que crecía a medida que Zerephine se aproximaba.
—Hay alguien esperándonos detrás del siguiente árbol. Zerephine, cuidado —le advirtió Mercurio, pero ya era tarde. Zere corría entusiasmada porque también había percibido un espíritu de bondad y amor, un hombre de las estrellas, como su papá. Pensó que era él en un momento, pero se equivocaba. Lo primero que vio fue a una chica muy bella, de labios llenos y brillantes ojos azules. Tapaba su cuerpo bajo una capa tosca y vieja, que no parecía combinar con el hermoso cabello rubio que caía en ondas hasta sus hombros. Pero cuando hablo se dio cuenta que era un hombre. La saludo formalmente.
—¡Bienvenidos sean, viajeros de otra dimensión! —su voz, fuertemente masculina, resonó en el bosque. Mercurio se aproximó apresurado.
—No sé de qué hablas extraño viajero. ¡Hum! —reacciono Mercurio a la defensiva aclarándose la garganta.
—¿Esto no era la Edad Media, Mercurio? —preguntó Zerephine haciendo gestos de nena caprichosa. Mercurio negó con las manos para que no hablara de más. No quería quedar expuesto ante un hombre de las estrellas que sabía de dimensiones y portales. ¡Malditos sean con su ciencia! La magia no tenía poder sobre ellos.
—Me llamo Zeia, y esta es mi pequeña Ámbar —Mercurio dio un paso hacia atrás asustado al ver salir al tigre. Zerephine avanzó con entusiasmo a acariciarlo.
—Ámbar, ese es el color de sus ojos —comentó sonriendo—. Me llamo Zerephine, pero todos me dicen Zere. Él es Mercurio, mi padre solía decir que había que bautizarlo con el nombre de un planeta que había conocido hacía tiempo y…
—¿Tu padre vino en la nave de los Primeros? —se emocionó Zeia interrumpiéndola— ¿Eres hija de un hombre del cielo?
—No sé lo que es una nave, pero sí, mi padre bajo de un estrella, luego de recorrer largas distancias…
—Por favor, Zere. No aburras al extraño con tanta información —esta vez fue Mercurio quién la interrumpió. Con una media sonrisa dibujada en el rostro observo con detenimiento a Zeia, maldiciendo en su interior a Zerephine por hablar tanto. Preguntándose de donde habría salido ese hombre, si minutos antes no había nadie allí. Él había vigilado el lugar antes de traer a Zerephine al otro lado.
—Vamos Zere, tenemos prisa —Mercurio parecía incomodo, miraba en diferentes direcciones abrumado. Raizel no tardaría en aparecer y si se enteraba que había traído al ángel a la Edad Media se enfurecería. Este no era un lugar seguro para seres divinos.
—Ella no es un ángel, tales cosas no existen más que para los humanos. Somos seres de otros planetas, no ángeles —dijo Zeia con un tono de voz monótono, olvidándose por unos minutos de la hermosa Zerephine.
—¿Cómo? —pregunto Mercurio alarmado. ¿Acaso había pensado en voz alta? Por supuesto que no. Un ser que leía la mente, esto le gustaba cada vez menos.
—Lo que escuchaste.
Zerephine lo miro confundida, aprovecho que Zeia estaba distraído para observarlo con mayor detenimiento. Si no fuera por su actitud varonil hubiera estado segura que era una mujer. Sus rasgos delicados, el contorno de su boca redondeada, hasta los ojos alargados con enormes pestañas parecían de mujer. Observo que tenía unas manos de dedos largos y delicados, y hubiera jurado que vio un brillo fluorescente surgir de ellas. Bajo la capa de lanilla parecía llevar un traje brillante, de una tela que ella nunca había visto. Quería acercarse, tocarlo, estiro sus manos y rozo las manos de él. Todo ocurrió en un segundo. Al principio sintió una poderosa descarga, como si se quemara con la llama de una vela, un calor agradable pero que la lastimaba de a poco, a la vez las manos eran frías.
Mercurio la empujó hacia atrás intuyendo el peligro y cayeron al suelo con un ruido seco. El sujeto, que en todo momento había mantenido una expresión dulce en su rostro se puso tenso, sus rasgos parecieron contraerse en una mueca de disgusto y llamando a su tigre se alejó de ellos antes que Mercurio contraatacara. Cuando volvieron a mirar, el extraño y su mascota ya no estaban allí.
Siguieron caminando sin decir palabra. Mercurio estaba preocupado, pensaba en espías enviados por Raizel. Zerephine no podía dejar de pensar en los labios de aquel hombre. Ya no le interesaba su reencuentro con Mercurio, su curiosidad por el recién conocido, tan parecido a su padre, era superior a todo lo demás. Tenía muchas preguntas que jamás nadie había sabido responder. Sospechaba que Zeia las sabría todas.
Cuando llegaron al castillo ya había caído el sol. Mercurio la acomodo en una habitación modesta, con pocos muebles pero que estaba limpia y decorada con enormes jarrones de flores que esparcían un exquisito aroma. Se dispuso a descansar un poco, aun soñando con el extraño. Lo llamo con sus pensamientos, si eso había funcionado con su padre, supuso que lo mismo serviría para este ser.
Los gritos estridentes de Mercurio llegaban desde el hall. Su voz aguda por los nervios resonaba en los pasillos, el miedo se le pego a Zerephine en todos los poros. Corrió sin pensar en las consecuencias.
—¡…atreverse a dejar entrar a este inmundo y despreciable humano a mi propiedad! ¿En qué estaban pensando? —Mercurio les gritaba a los sirvientes con una autoridad, que pretendía ocultar el miedo que sentía ante el hombre que lo miraba sonriendo.
Raizel.
Zerephine jamás había visto un hombre tan viejo, su cabello grisáceo, los ojos negros y calculadores, una sonrisa malintencionada se pintó en su rostro cuando la vio.
—Finalmente te atreviste a desobedecer las órdenes de Zirze. ¿Qué te había dicho sobre no usar los portales mágicos para traer a su hija?
Mercurio no hablaba, permanecía pálido, ya no le gritaba a los sirvientes ni intentó proteger a Zerephine. Raizel se acercó a ella y le acaricio el cabello, apretó sus brazos con curiosidad, como si tuviera que obtener pruebas reales que era de carne y hueso. Según la leyenda los seres de las estrellas tenían una piedra verde agua, que les permitía obtener u otorgar magia a quien eligieran. Era de suponerse que Zerephine había heredado la de su padre.
—¿Dónde está la piedra de Zirze, vida mía? —le susurró al oído. Tomó aire y sopló al lado de la oreja de Zerephine, produciéndole una gran molestia que hizo que su cuero cabelludo se erizara. Mercurio permanecía inmóvil, parecía no poder moverse, como si alguien lo hubiera hechizado. Los sirvientes miraban la escena con ojos desorbitados.
—Yo no tengo ninguna piedra.
—No es necesario mentirle a Raizel, bello ángel —murmuro éste jalando con fuerza del pelo largo de Zerephine.
—No pretendo insultarlo, hombre anciano y legendario. Yo no sé nada de los poderes de mi padre.
—¿Anciano? —Raizel se movió alrededor de ella amenazante, le apretó una nalga con dulzura, ella solo pensaba en huir, huir o pegarle—. Eso es un insulto en tu idioma, supongo. ¡Qué descortés! Debo decirte que Zirze siempre fue muy amable conmigo, incluso me ayudo en varios de mis planes. Si tu no hubieras huido, mi querida…
—Si yo no hubiera huido con mi madre hoy estaría muerta. Fue papá quién me dijo que regresara.
—No, no. Si tú no hubieras huido yo sería tu esposo. Tu padre hizo una promesa—se alejó unos pasos para admirar la belleza de Zerephine—. Una lástima que no hayamos podido sellar ese trato.
La cara de Mercurio lucia desencajada, hacía un esfuerzo enorme por moverse. De repente Zerephine noto que miraba insistente hacía la puerta principal. Sus labios lograron separarse un par de centímetros pero fue suficiente.
—Co-rre… —la alentó Mercurio con voz queda, en un susurro desesperado. No hubiera corrido sin ver lo que Mercurio miraba con tanta expectativa, pero siguió su mirada y se encontró con el lánguido pero letal ser de las estrellas. Hacía gestos para que Zerephine se reuniera con él. Entonces corrió, fijando la vista en esos ojos azules que empezaron a brillar con una fosforescencia incandescente.
Raizel reacciono tarde. Zeia la tomo en sus brazos y corrió a una velocidad que el ojo humano nunca podría comprender. Escucharon un grito, los sirvientes y Mercurio yacían muertos. La furia de Raizel era inconmensurable. Sabía que Zerephine no mentía, nunca había tenido la piedra, pero sentía placer jugando con ella, imaginando la cantidad de cosas que le haría cuando finalmente la tuviera en su poder. Sin embargo, este ser de luz que había aparecido frente a ellos, si tenía una piedra, y un poder mucho más grande que el que había tenido Zirze. Era un viajero, no era magia lo que manejaba, eran cosas que el cerebro de Raizel no podía nombrar pero veía a la perfección: Luces que se encendían a voluntad, hilos de colores que transmitían energía, destellos de una cosa azulada, parecido al fuego pero más potente y luminoso. Una ciencia desconocida y mucho más poderosa de lo que cualquiera en el medioevo pudiera imaginar.
3
EL VIAJE DE ZEIA
Zeia ahora comprendía la atracción hacia esta mujer niña, parte de su sangre era alienígena, una mestiza de su propia raza. Hasta donde sabia nunca había visto un caso así, de un Nehyian que procreara con una humana. Y por lo visto el padre de esta hermosa criatura había sellado pactos con los humanos. Con unos que era mejor no entrometerse, según como lo veía Zeia. Siempre había desconfiado de los que se autoproclamaban magos o alquimistas. Para él eran puras patrañas psicológicas.
Cuando se detuvieron Zerephine lloraba con fuerza, como si una parte de su alma fuera a ser expulsada de su cuerpo. Ámbar se recostó junto a ella brindándole calor y contención. Zeia nunca había entendido la mecánica de consolar a los humanos, la miraba extrañado y algo incómodo sin saber qué hacer. Hizo una minuciosa inspección de los alrededores preocupado, pero nadie parecía haberlos seguido hasta allí. Unas cargadas nubes de tormenta se aproximaban desde el sur. Detecto una cueva y hacia allí se dirigió con paso elástico y decidido. Ámbar daba pequeños empujoncitos a Zerephine para avisarle que tenían que seguir avanzando. Sin protestar se aproximaron a la cueva. Se sentaron en la oscuridad, la ropa de Zeia despedía una luz verde azulada que daba un aspecto fantasmal al ambiente. Los truenos comenzaron a hacerse oír y pronto afuera comenzó a caer un manantial de agua del cielo.
Se miraron en silencio sin pronunciar palabra. Finalmente Zerephine se quedó dormida. Cuando la lluvia se detuvo Zeia la despertó, anunciándole que deberían empezar a caminar. Comieron manzanas y moras que encontraron en el camino y siguieron avanzando. Ella no preguntaba adonde se dirigían, ya lo sabía, de vuelta a su dimensión, a su reino, donde Raizel no podría alcanzarla. Los restos de cristal aún permanecían sobre la gramilla. Abrazo a ese hombre con él que se sentía unida aun sin palabras, beso sus labios suaves y se apretó contra su pecho abultado. Un hombre y una mujer en la misma persona, un ser perfecto.
—Iré en busca de Raizel. Vuelve a tu reino, informa a tu familia. Cuando lo encuentre lo sabrás. Confía en mí.
—Confió en ti como si te conociera de toda la vida, Zeia —le beso la mejilla y se aferró desesperada de su capa. No quería volver.
—Date prisa. Que las estrellas te guíen, niña. Lleva esto contigo, Zerephine —le entregó la piedra verde—. Cuando sea el momento te permitirá volver.
—¿Cómo sabré cuando es el momento? —preguntó Zerephine desorientada.
—Lo sentirás aquí —Zeia señalo el pecho de Zerepahine y la empujo con fuerza hacía el portal.
Los cristales desaparecieron, ya no había ilusiones ni ecos. Volvió sobre sus pasos. Se internó en los bosques con presteza, percibiendo una presencia extraña. Ámbar lucía inquieta y le indicaba algo moviendo la cola con disgusto. Una carta sobre una roca, con un vistoso sello rojo en forma de escudo real. Lo abrió con movimientos lentos, analizando la situación.
Corazón tranquilo, alma en armonía. Se solicita la presencia de su especie. Los sabios de la isla de los antiguos te esperan y el archimago, y regente, convocará un grupo para llevar a cabo un designio importante. Es preciso no hablar aun del tema. Sí aceptas, ve por mar. Todos los caminos y atajos se encuentran vedados.
Suyo, Dartos Eleriath
El acertijo lo intrigaba, y se le figuraba que quizás era la forma de llegar a Raizel, hasta un engaño del mismo. Tenía amigos que lo podían ayudar a llegar. El viaje continuaba.

PRIMERA PARTE
(Un viaje de mil kilómetros debe empezar por un paso. #Lao-Tsé)
CRÓNICAS DÍA 1
Hacía tiempo que no veía a Rew, pero lo reconocí aun de espaldas, amarraba el barco de madera, que el viento insistía en llevar nuevamente a altamar, con una fuerza que sus ancianos y cansados brazos ya no le deberían permitir. Aún era el hombre más fuerte y hacendoso del lugar. Su hijo haraganeaba observando la puesta del sol mientras bebía cerveza con desinterés. Unas mujeres de vida fácil revoloteaban a su alrededor deteniéndose cada tanto para llamar su atención, pero él las ignoraba. Pensé si Larissa seguiría viva. Lenk tenía los rasgos inconfundibles de su madre, esa mirada soñadora de ojos miel que enamoraba a las mujeres. Alguna vez lo había amado, como aman los humanos. Fue lo más cerca que estuve de tener sentimientos humanos, pero él se aburrió de mí con el tiempo. Con una actitud desinteresada, que nunca le perdonare, hacia todo lo sagrado que envuelve el amor y al universo.
Esta vez me pare firme, cubriendo mis pechos bajo la capa y ocultando mi hermoso cabello rubio plateado tras la tosca capa. Endurecí mis rasgos y no me costo forzar mi voz, debido que mi encuentro con Zerephine, aquella mujer a la que los ignorantes y desleales magos llamaban un ángel, había logrado que mi lado varonil resurgiera después de tanto tiempo. Me aclare la garganta y me dirigí a Rew con un saludo. No sé si Lenk me vio pasar, tan abstraído como estaba con su bebida y el esplendoroso atardecer. No me quedaría a hacerle preguntas ni me detendría a observar sus reacciones. Ahora mi objetivo era otro, además de educar a esta gente en la paz y el amor supremo. Mi destino a partir de este momento era encontrar al mago oscuro. Sostuve la carta que había encontrado en el bosque con fuerza, como si fuera lo que las razas, que habitan este hermoso planeta verde y proveedor de una fuente inagotable de narae nilanium, llaman un amuleto.
Rew olfateo el aire, como vieja alimaña que era. Termino su labor y se giró sonriente, su boca desprovista de dientes me saludo antes que sus palabras, con esa bondad infinita que irradiaba su ser.
—Zeia, príncipe de las constelaciones del sur.
—Te saludo, anciano Rew —me incliné frente a él.
—¡Basta de tonterías, mi hijo! —dijo mientras lanzaba una carcajada de puro gozo—. Te espera una sopa caliente que mi mujer te preparará con gusto.
En ese momento escuche unos pasos detrás de mí, y un fuerte olor a alcohol emboto mis sentidos. No me gire. No hice un gesto en su dirección, hable con más rapidez que la que correspondía en este lenguaje, pero Rew me entendió.
—Esta vez debo rechazar tu amable oferta. Aunque le mando saludos a tu bella esposa. Tengo que dirigirme con la mayor rapidez que sea posible hacía La Isla de los Sabios.
—Yo te llevare, solo espérame unos minutos. Este viejo lobo de mar siempre está listo para la aventura, jeje —con dificultad, con un fuerte catarro que se mezclaba con sus sonoras risotadas, se dirigió a un barco algo maltrecho—. Zeia… sabes que en esa isla solo hay seres mágicos, ¿no es así? Lo aclaro porque sé que tú no eres afín a esas cosas.
—Supongo que tienes razón, Rew. La gente supersticiosa me colma la paciencia, pero hay un enemigo, un ser oscuro, es posible que lo encuentre en este lugar.
Rew se aclaró la garganta, nunca se había metido en mis asuntos. Prefería no saber mucho para no perjudicarme si alguien pretendía información. Siempre me lo decía.
Escuche una voz que me llamaba. Sonó como un canto mi nombre en sus labios, pronunciado con una cadencia encantadora. Me subí al barco antes que Rew me lo indicara, fije mi vista en el horizonte decidido, me gustaba mi lado masculino, menos sensible al entorno cruel que me rodeaba. Ignore el llamado de mi ser. Rew saludo a su hijo, gritando algunas indicaciones y el barco comenzó a ser arrastrado por las tempestuosas olas del océano.
CRÓNICAS DÍA 2
Presentimos que estábamos llegando, Ámbar me empujo con su cuerpo pesado para que abriera los ojos. Descansaba del resplandor de sol que hería mi visión, a pesar que llevaba el caso puesto. Me puse de pie y observe maravillado la ciudadela que se alzaba sobre la isla. Millones de personas de todas partes de la Tierra se movían como peces en el agua, había puestos de ventas de ropa y pociones mágicas. Mercaderes que ofrecían sus productos a viva voz, donde los viajeros que bajamos apurados, empujados por el ir y venir de gente que llegaba y partía del lugar. Vi muchos magos, lo que me hizo hacer un gesto burlón que Rew percibió y acompaño con una de sus sonoras carcajadas.
Ocultaba mi casco ahora y tapaba mi cabeza con la capucha de lanilla marrón de mi traje. Me ocultaba nuevamente de las miradas curiosas y del sol radiante del mediodía.
—Debo volver antes que cambie el viento —me saludo Rew con un fuerte apretón de manos—. Sabes que cualquier cosa que necesites siempre estoy disponible. Sigue iluminando mentes de piedra, mi buen amigo.
Le tendí un par de monedas de plata que rechazo con una inclinación de cabeza. Se arrodillo a abrazar a Ámbar y con una agilidad, que nuevamente me dejo asombrado, regreso al barco. Unas personas que parecían magos, por como caminaban zigzagueantes con sus ridículas capas azules, lo llamaron con las manos y después de un acuerdo partieron con él.
Espere a que la figura del barco se perdiera en el horizonte y empecé a preguntar por el archimago. La sola palabra me producía un leve estremecimiento mezcla de disgusto y risa. Nadie parecía saber nada. Sobre la colina se alzaba un castillo imponente, me dirigí hacía allí sin dudarlo. Mucha gente subía y viajaba por la colina pero nadie me presto atención, había seres de las más diversas razas, allí solo lucia como un simple humano. Escuché que un niño, que venía con una enorme mujer que cargaba manzanas en una canasta, le llamo la atención a la mujer tirándole la pollera y exclamó: “Mira mamá, un príncipe”. Sonreí con amabilidad. Atrás mío venia un hombre de dimensiones gigantescas, un mercader cargado de pieles seguía tras sus pasos. El enorme hombre, o lo ignoraba adrede, o ni siquiera se daba cuenta de su perseguidor.
El mercader me recordó un poco a Lenk. Desvié la mirada asombrado de mis pensamientos. Los guardias se amontonaban en las puertas del castillo, donde los duendes entraban y salían sin permiso de nadie. Me detuvieron con un gesto.
—Busco al archimago. Me ha convocado para una misión.
—¿Tiene forma de demostrarlo, viajero? —pregunto uno de los guardias, con una autoridad que me pareció sobreactuada. Allí no parecían preocuparse mucho por la seguridad, los pueblos de magos tenían una forma de manejarse muy suelta. Realmente creían que la magia los protegía de todo. ¡Qué ilusos!
—Esta es la carta que me envió —extendí el papel arrugado, que aun aferraba con fuerza. El guardia me permitió pasar y se ofreció a guiarme por enormes galerías, jardines, y finalmente, amplios salones hacía una habitación cómoda, con varios sillones para descansar y jarrones de agua que observe con ojos brillantes.
El sonido de la puerta momentos después no me asombro, pero espere alerta. Frente a mí se veía a una mujer sencilla, de aspecto humano pero extraños ojos de reptil. Nunca había entablado conversación con este tipo de razas, así que no sabía cómo dirigirme hacía los duendes o esta mujer reptil. Ensaye una sonrisa pero fue en vano, así que me aproxime y algo brusco exclamé.
—¡Supongo que también ha sido convocada por el mago! —la palabra “mago” me hizo gesticular con sorna. Ella pareció ofendida. Me dio los buenos días y anunció, que efectivamente, había llegado a este lugar por una misión que le habían asignado. Salimos de la habitación a los pocos minutos, cansados de esperar al ser que nos había convocado.
Los duendes que correteaban alrededor y el paso inquieto y errante con él que se movían los magos sosteniendo papiros, me ponían nervioso. Llegamos a una habitación donde banquetes de lo más variados nos recibían pero nos negamos a probar bocado. Los dos desconfiamos, una sola mirada me basto para comprender su inquietud. Yo ya había cargado de agua mis cantimploras, por el momento no necesitaba nada más. La comida era un lujo al que rara vez tenía acceso. En las almenas pude observar la ciudad y extraños hombres voladores, o pájaros humanoides. Aun no dejaba de asombrarme de las maravillas de este lugar.
Bajamos algo derrotados, cansados e inquietos, la mujer reptil le pregunto a algunos magos pero nadie parecía tener información. El caos me estaba poniendo nervioso cuando nos cruzamos con un ser alto, algo anciano, vestido enteramente de gris, que nos saludó. Lo seguía una mujer extraña, de cabellos tan pálidos como los míos, pero de extraños ojos negros que generaron una frialdad extraña en mis sentidos.
El archimago nos reconoció, como nosotros a él, y muy amablemente nos invitó a pasar a la habitación del banquete. Nos reunimos alrededor de la enorme mesa, se nos unió el joven que se parecía a Lenk, solo que tenía los ojos tan oscuros como la muchacha rubia, y el hombre gigante que había visto subir la colina. Lo llamaban “el vikingo”, supuestamente era un apodo por su aspecto o por la región de la que provenía, no comprendía muy bien. Jamás había oído hablar de un lugar llamado Vikingo en estas hermosas tierras proveedoras de narae nilanium. Note que en la isla el narae nilanium era inagotable y parecía abundar más que en las demás regiones.
El mago gris, que no me resulto tan antipático como los otros magos, ya que parecía más meticuloso y serio, se presentó como el mismísimo Dartos. Le pregunté por Raziel, y anunció que era su enemigo. Dijo cosas interesantes, que nos había convocado para una misión para salvar a la humanidad del mal y las guerras. Después de todo, parecía que sí tenía un sentido haber llegado hasta este lugar. Destino o casualidad, la misión de ellos era muy parecida a la mía. Deberíamos llevar una caja cerrada, que por ningún motivo deberíamos abrir, hacía el pueblo enano. Ante la pregunta de la mujer rubia, Dartos anunció que la caja contenía unas piedras. Pregunte qué clase de piedras, pensando en el poder del que Raizel se quería adueñar, en mi hermosa piedra verde que le había fiado a Zerephine. No era de esa clase de piedras, según dijo el mago. De todas formas no me inspira confianza, es demasiado enigmático. La misión me interesa.
La mujer reptil pidió portales y eso hizo que me pusiera alerta. Sigo desconfiando de la gente que tiene información sobre los portales. ¿Sera ella una aliada de Raizel? Sin embargo, cuando le nombre al mago oscuro, nadie supo de que hablaba. O lo disimularon muy bien. Estuvieron de acuerdo en derrotarlo si lo encontramos por el camino. Dartos dice que lo encontraré, y también ofreció su ayuda. La mujer reptil no sabe para qué sirven los portales, le he prometido uno cuando recupere mi piedra, con la esperanza que no se atreva a usarlo.
Avanzaremos hacía el norte, por voto general, la mujer reptil y yo queríamos ir a hablar con los dragones, enormes reptiles de piel escamosa, según pude ver en la mente de ellos cuando nombraron a estos seres. Pero la mayoría les teme. Nos enfrentaremos a los orcos del norte para llegar a Kazum, la aldea enana. El viaje comienza.
(Continuará...)

©denisemorzilli

jueves, 3 de abril de 2014

Seremos


Verdes caminos que crean senderos, imperecederos
Árboles que abren el paso, llenando de color el adusto paisaje
Vuelvo donde aguarda la naturaleza, donde los caminos se abren
Donde las vistosas estaciones brindan el aire, que en la ciudad escasea
Deliciosos aires gélidos de invierno, el fuego encendido chispea contento
Mientras los árboles pierden su grandeza, para volver a revivir fastuosos
La lluvia golpea las ventanas, y los prados se extienden infinitos
Tierra nutriéndose con nuevos despertares, y adioses que hacen bien
Dejando viejos sentimientos en el camino, para avanzar con presteza
Regresando a lo básico, a la naturaleza en todas sus formas
Seremos como los árboles, espantando el otoño vetusto
Esperando el cambio, nuevos senderos de renovado verdor

©denisemorzilli

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